Como conservacionista, me encuentro pensando mucho en la palabra «diversidad». En lo que respecta a la naturaleza, el término es «biodiversidad», y lo utilizamos como indicador de la salud de los ecosistemas.

Esto no solo se refiere a los tipos de plantas y animales de una zona, sino también a su diversidad genética, que da lugar a los organismos más fuertes, sanos y adaptables, así como a los tipos de paisajes en los que habitan y a los que se adaptan. La diversidad conduce a la resiliencia, y es la razón por la que nosotros, y todos los demás seres vivos del planeta, existimos. Es por eso que tenemos luciérnagas que brillan en la oscuridad, ballenas que cantan a través de los océanos y helechos fractales plumosos que beben agua del aire. Es la razón por la que tenemos árboles que viven milenios, ostras que producen sus propias piedras preciosas y una fruta llamada «peacotum» (que es lo que se obtiene al cruzar una ciruela con un melocotón y un albaricoque, y es tan increíble como suena).

A los seres humanos se nos ocurren muchas ideas extrañas. Algunas son tan extrañas que, fuera de contexto, no tienen ningún sentido, y cuando no estoy reflexionando sobre la etimología de la palabra «diversidad» (del latín «divertere», que significa «mirar en ambas direcciones», para los que tengan curiosidad), me pregunto cómo se nos ocurrieron a los seres humanos todas estas ideas tan diversas. A veces ayuda pensar en las ideas como si fueran seres vivos. Al fin y al cabo, se reproducen si decidimos compartirlas con los demás, y viven en el contexto de otras ideas, pensamientos y hábitos. A este conjunto de ideas que se autorreproducen lo llamamos cultura.

Si una cultura es un ecosistema de ideas, ¿se aplican las mismas reglas para generar bienestar, asombro y resiliencia? ¿Qué significa fomentar la diversidad?

Como persona queer, me encuentro pensando mucho en los arcoíris. No solo porque es el mes del Orgullo y están por todas partes, sino por lo que representa nuestra bandera: un espectro de luz, una gradación infinita de colores para los que disponemos de un vocabulario limitado.

La naturaleza se presenta en un espectro. Esto no siempre encaja con nuestro deseo humano de etiquetarlo todo de forma clara, porque nada natural cabe en una cajita homogénea. Del mismo modo que nos gusta etiquetar cada especie, subespecie y variante de subespecie, también nos gusta etiquetarnos unos a otros y a nosotros mismos. Lesbianas, gais, bisexuales, trans: ponemos un signo «+» después de LGBTQ porque la diversidad del género y la sexualidad humanos amenazaba con agotar el alfabeto antes de que se nos acabaran las identidades —¡no te preocupes, no es una prueba diseñada para que suspendan los que no están al día! Está ahí porque el amplio espectro del potencial humano tiene más palabras para describirlo que letras para enumerarlas.

Las etiquetas pueden resultar útiles incluso cuando no son perfectas. Ninguna etiqueta nos define de forma estricta, ninguna nos describe por completo, y todos tenemos un conjunto de etiquetas que nos caracterizan y que compiten por cobrar relevancia en cada situación concreta. A este conjunto de etiquetas se le denomina «interseccionalidad» (del verbo «intersectar», que significa «atravesar» o «unirse con otra cosa»). Normalmente hablamos de interseccionalidad cuando nos referimos al privilegio y a las ventajas y desventajas de las personas en la sociedad. Sexo, género, raza, clase social, religión, capacidad… estas etiquetas y muchas otras conforman la diversidad que hay en nuestro interior; nos hacen quienes somos tanto como nuestra genética da forma a nuestro cuerpo físico y, al igual que nuestra genética, nuestra interseccionalidad se beneficia enormemente de una buena dosis de diversidad.

Como científico, me encuentro pensando mucho en la verdad. ¿Qué es y cómo la encontramos? ¿Cómo generamos nuevas ideas y creamos una cultura que fomente el descubrimiento científico? La ciencia es un proceso que se centra en gran medida en lo que es repetible y relevante; en lo que es verdadero. Somos humanos. La verdad es que nuestro sexo, nuestra sexualidad y nuestro género existen a lo largo de un espectro, y somos tan diversos en nuestras identidades internas como en las externas. Una cultura que valore esas verdades cosechará los beneficios de las personas que las viven; al fin y al cabo, nunca reconoceremos la verdad fuera de nosotros mismos si no empezamos por ser fieles a nosotros mismos.

A todos mis compañeros conservacionistas, científicos y amantes de la naturaleza queer; a todos nuestros amigos, familiares y aliados; y a todos aquellos que estén dispuestos a proteger y celebrar la diversidad y la autenticidad: ¡Feliz Orgullo!

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